jueves, 9 de septiembre de 2010

Samuel Y Yo - 3º parte. Dios llama.

“Cierto día, estaba Elí acostado en su habitación – sus ojos iban debilitándose y ya no podía ver- no estaba aún apagada la lámpara de Dios, y Samuel estaba acostado en el santuario de Yahveh, donde se encuentra el arca de Dios. Llamó Yahveh: «¡Samuel, Samuel!» El respondió: «¡Aquí estoy!»,”


No aparece en lo vertiginoso del día, ni en una función litúrgica, tampoco se trata de un sueño o una visión, nos aclara la nota de la Biblia de Jerusalén (Nota al capitulo 3: “Primera revelación que consagra a Samuel como profeta, v 20. no se trata de un sueño, ya que la voz despierta a Samuel, ni de una «visión» más que en un sentido amplio, porque Samuel no ve a Yahveh, únicamente lo oye.”).  Dios llama. El contexto de esta llamada es la intimidad del lecho, imagen que el mismo Jesús destaca y que en muchos salmos recitamos. El autor del relato quiso identificar el mismo con el “santuario”.

También es “la noche” (“Samuel siguió acostado hasta la mañana...”), la misma “noche” que encontró a María Magdalena camino al sepulcro de un Jesús Resucitado, o a los discípulos de Emaús acompañados por un “forastero” que les hablaba.

¿Pero cómo reconocer su voz si antes nunca le había sido revelada la palabra del Señor? Samuel responde «¡Aquí estoy!» pero no es Elí quien lo llama. ¿Cómo reconocer la voz de Dios sin quien nos oriente a descubrir que lo que sentimos en la intimidad de nuestro lecho, en la “oscuridad” de nuestra vida, ayer mi adolescencia, hoy mi juventud, es precisamente la voz de Dios? En el lecho confluye la vida: las preocupaciones cotidianas, los sueños, los desvelos, los temores y angustias, los deseos, las alegrías. ¿Cómo reconocer precisamente allí la voz de Yahveh? Cuando en nuestra vida la noche parece cobrar mayor oscuridad, ¿tendremos a quienes nos hagan reconocer la voz de Dios que nos llama?
año 2006

Samuel Y Yo - 2º parte. En aquel tiempo era rara la palabra de Yahveh

“Servía el niño Samuel a Yahveh a las órdenes de Elí; en aquel tiempo era rara la palabra de Yahveh, y no eran corrientes las visiones”

Así comienza el relato: con un niño. Pocas veces como ahora reparé en este detalle. ¡Se trataba de un niño! Sin embargo, será el que reciba de Dios el encargo de anunciar cosas difíciles (Samuel temía contar la visón a Elí). ¡Era un niño!
Cuando veo mi historia vocacional veo que también yo era un niño, tal vez tomado en un sentido de inocencia e ingenuidad: no sabía de grandes dolores, de frustraciones, de tramas desconocidas que la historia venía remontando. Un niño en su capacidad de soñar y creer en lo imposible. Desde su punto de vista (abajo) no percibiría lo que más tarde sí.
Pero este sentirse niño no es algo privativo del pasado, hoy también la lectura de este encuentro me hace ver en mi condición de niño, no tan “inocente y soñador” como aquel otro, pero sí atemorizado, empequeñecido, con necesidad de un padre que lo cobije.


“En aquel tiempo”...que no es más que este, o aquel otro, ayer, hoy y también mañana ...“era rara la palabra de Yahveh”. Tenía muchísimas nociones de catecismo, de sermones de misas y buenos días y buenas tardes de la escuela. Sabía de curas y monjas, de ayudar misa y los detalles para que sea válida. Sabía de ser bueno y su merecida recompensa y de la culpa por no serlo y “hacer las cosas mal (¿?)”. De documentos de la Iglesia a montones y del famoso y “nuevo” catecismo... “era rara la palabra de Yahveh”.
Hoy rondan circulares, aguinaldos, documentos, ratio fundamentalis, directorios. Se habla de los lineamientos de la Iglesia, de la nueva orientación..., de los juegos de poder. Se lamenta la falta de vocaciones, se estudia (¿?) la salida de hermanos de la vida religiosa, se diseñan reestructuraciones, redimensiones, se hacen planes para la formación y no sé por qué, pero me resuena fuertemente en todo esto ...“era rara la palabra de Yahveh”. ¿Cómo escapar de este silenciamiento de la palabra de Dios? Con tantos “amplificadores” de su palabra, estamos necesitando un unplugged que nos permita escucharla mejor.
año 2006

Samuel Y Yo - 1º parte

Fragmentos de un trabajo de Antiguo Testamento

Cuando en la lectura discipular uno va percibiendo cómo cada parte de la Biblia no es más que parte de su misma vida, no puede pasar indiferente o por alto sus páginas, salvo que un frío hostigador desencanto haya herido de muerte la propia fe. Por eso, en tiempos de “vientos fríos” que recuerdan el caos, la confusión y oscuridad del génesis, me es preciso remontarme al momento vital en que Dios dijo: “haya luz”, e hizo en nosotros una nueva creación.


Quiero referirme a los relatos de vocación del antiguo testamento, especialmente al  llamado a Samuel.


SAMUEL Y YO


Elegí el texto de Samuel, o más bien él salió a mi encuentro, a partir de un vínculo afectivo que me une a él desde mi adolescencia. La diferencia con aquella lectura que hacía en mis 15 años es que no reparaba ni en el antes ni en el después de aquella perícopa del 3, 1-10 del primer libro de Samuel: "Vino Yahveh, se paró y llamó como las veces anteriores «Samuel, Samuel!» Respondió Samuel: «¡Habla, que tu siervo escucha.»". ¿Qué había sido de este personaje?, ¿en el medio de vaya a saber qué situaciones se fue a encontrar? Pero igual, ya entonces me sentía como el “niño” Samuel diciéndole a Dios: “Habla que tu siervo escucha”.

Hoy pasados unos años, y adentrado en un camino de vida religiosa vuelvo a este texto y su contexto y sus palabras me resuenan de otra manera. Por eso a continuación voy a “releer” y “rezar” este texto dejando concurrir pasado, presente y futuro, dejándolos pasar cuando quieran.
año 2006

martes, 31 de agosto de 2010

Es este acompañar lo que me hace feliz.

Nada de lo que vivo no lo siento, pero es verdad que mi vida está poblada de fuertes momentos, intensos, que les ha tocado vivir a otros, y allí estoy como testigo, compañero, amigo. Se trata de momentos felices y de grandes sufrimientos también. Y allí estoy. Y siento esa felicidad como propia y ese dolor como propio, pero sé que no soy yo quien los vive en modo directo. ¿Y mi felicidad? ¿Y mi sufrimiento? ¿Es que es más fácil ubicarse allí al costado de la escena que protagonizar la propia? ¿Es que me cuesta distinguir qué es lo mio, propio, lo que verdaderamente me hace reir y llorar?
Con el tiempo voy tomando mayor conciencia que es este acompañar lo que me hace feliz, y es allí mismo donde felicidad y sufrimiento se dan la mano. Con el tiempo también, que es imposible asumir esto sin una profunda experiencia de encuentro con mis sentimientos, mis preguntas, lo que a mi me pasa. Muchas veces lo escuché, y reconozco como una tentación posible, el riesgo de vivir colgado de las experiencias de otros. Veo sus riesgos y en quienes lo hacen las consecuencias de unos y otros. Ubicarme en la historia, mi propia historia, reconocerla, asumirla, encarnarla finalmente y dentro de lo que uno tiene a su alcance, darle el sentido hacia el cual se siente llamado a vivirla.  
Marzo de 2010

sábado, 21 de agosto de 2010

FÓRMULA DE CONSAGRACIÓN

Dios Padre
Vos me consagraste desde el día de mi bautismo
Y me llamaste por medio de tu hijo Jesús a seguirte más de cerca.
Conducido por el Espíritu Santo
Que es luz, consuelo y fuerza
Yo te entrego todo mi ser,
Sí “todo”,
Maravilloso reflejo fiel de tu creación a imagen Tuya,
Con la carga de humanidad patente
Donde se despliega el misterio de la encarnación.
Haciendo de esta vida un abrazo de tu amor a los jóvenes,
Abrazo contenedor y constituyente,
Confirmatorio y reparador,
Gratuito y de descanso,
Desprejuiciado y enamorado,
Que desarma armaduras,
Que barre distancias,
En el que nos reconocemos necesitados y necesarios.

Octubre de 2008

Castidad

Te amo con todo, desde mi castidad posible, no la ideal. No la que prohibe o limita, no la del dominio, sí la que deja entreveer la profunda necesidad de plenitud e intimidad de vínculos profundos que me abran al amor. Desde esta experiencia de castidad es que vuelvo a hacer profesión de mi ser signo y portador de tu amor para los jóvenes.
Desde mis intensas experiencias al acompañar a tantos
(acá van los nombres de muchos de ustedes);
de ser acompañado por tantos
(acá van los nombres de cuantos de ustedes siempre están más allá de las posibilidades materiales o cercanía física);
de acompañarnos entre nosotros
(acá van los nombres de mis hermanos de comunidad actualmente presentes y también de quienes no están más en la Congregación).  
Octubre de 2008